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Portal Informativo Venezolano

La dinastía Kim: los dioses de Corea del Norte; por Oscar Marcano

Publicado en 18 Agosto 2017 por La Hemeroteca De Luis Rondon.over-blog.com

 

Corea del Norte es el bastión más exuberante del socialismo neanderthal. Adorar al líder por sobre todas las cosas y odiar al enemigo imperialista, son dos principios consagrados en la formación social, moral y cívica de esta curiosa nación de 25 millones de habitantes, en la que uno de cada veinte ciudadanos pertenece a la milicia a la espera de un ataque masivo de Occidente, y donde las políticas colectivistas han provocado hambrunas que han barrido con más de dos millones de personas en las pasadas dos décadas.

Su desnutrición es palmaria. 23% de la infancia sufre de raquitismo, según el Programa Mundial de los Alimentos de la ONU. 30% de los niños nacen prematuros por la mala alimentación de las madres, según UNICEF. 34% de las mujeres sufre de anemia.

La estatura promedio del ciudadano de a pie está 8 centímetros por debajo de la de sus vecinos de Corea del Sur y su renta per cápita es veinte veces inferior a la del odiado mellizo capitalista. De hecho, se ha abreviado la altura oficial para ingresar al ejército -la joya de la corona-, de 1 metro 50 centímetros a 1 metro 30, como requisito.

Corea del Norte se jacta de haber acabado con las clases sociales, pero en verdad las sustituyó por otras un tanto ingeniosas. Pyongyang instauró el conocido Songbun, un sistema que fichaba a las familias según su lealtad original o su desapego al sistema. Establecido a partir de los años cincuenta, dividía a la población según el estatus y las acciones de los ancestros durante el periodo colonial japonés y la guerra. Si hubo un abuelo revolucionario que luchó junto a Kim Il-sung, todos sus descendientes pertenecían de entrada a la casta privilegiada. El Songbundetermina, entre otras cosas, si el ciudadano puede vivir en la capital, el lugar de trabajo en que será ubicado y el tipo de educación que podrá recibir. Existen tres grandes categorías sociales: Los “leales”, que constituyen la aristocracia formada en torno al poder; los “dudosos”, integrados por los tibios, los no suficientemente entusiastas, y todos aquellos sospechosos de desafección; y los “hostiles”, los irredentos, sobre los que cae todo el peso político de la crueldad.

Los campos de trabajo forzado siguen abiertos como en la antigua Rusia de Stalin, en cuyo Ejército Rojo, Kim Il-sung, fundador de la dinastía, fue capitán. No obstante, la población de este país que se autodescribe como el “paraíso de los obreros” supone que vive en una tierra boyante y bien encaminada, pues carece de puntos de referencia para comprender su real situación: el estado les prohíbe el derecho a informarse y les niega toda referencia proveniente del exterior.

Sólo conocen lo que Amadísimo Líder estima pueden conocer.

En el edén de los trabajadores, el linaje de los Kim aplica la misma fórmula que la República Popular China empleara para capitalizarse: crea franjas económicas “especiales” para la inversión extranjera. Ahí trabajan los locales por sueldos que su estado es incapaz de pagar. Salarios de hambre en occidente, pero altísimos en el vergel socialista. El problema radica en que el dinero no lo reciben los trabajadores. Se emplea un modelo que Cuba conoce muy bien, pues fue puesto en práctica en sus convenios con Venezuela, cuando en la segunda, bajo el gobierno del comandante Chávez se crearon las llamadas “misiones”. En ellas, médicos y odontólogos movilizados desde la isla, cobraban una miseria, vivían hacinados en condiciones muchas veces insalubres al mando de un comisario del partido, mientras el dinero correspondiente a la contraprestación de su trabajo iba a parar a manos de la administración de la isla. Sólo en crudo, los jerarcas de La Habana se llevaban más de 100.000 barriles diarios en condiciones preferentes (para un mínimo de 3.600 millones de dólares al año), en contraprestación del tabajo de más de 40.000 trabajadores de la salud.

Las dictaduras de Cuba y Corea del Norte encontraron un gran filón en el viejo “modo de producción esclavista”, magníficamente descrito por Marx y Engels. Es en este tipo de arreglo donde el autoritarismo socialista y las transnacionales imperialistas pueden darse la mano tras bastidores. Los unos alquilan fuerza de trabajo esclava. Los otros la adquieren a precios de gallina flaca, sin conmiseraciones de ninguna índole, fórmula que en sus países originarios les está terminantemente prohibida. En 2012, según Los Angeles Times, Corea del Norte alquiló 40.000 ciudadanos a China, sin contar la cuota de leñadores que arrienda a Rusia y el contingente que renta en la frontera a la propia Corea del Sur. De acuerdo con la cadena de tiendas británica Edinburgh Woollen Mill, los norcoreanos “Son buenos trabajadores. Nunca se quejan”. ¿No fue Marx quien dijo que “El comunismo (…) no quita sino el poder de apropiarse del trabajo de otro”? Con tales epígonos, el patriarca de Dean Street debe estarse revolviendo en su tumba.

Según Andrei Lankov, autor de The Real North Korea: Life and politics in the Failed Stalinist Utopia, Corea del Norte es el país que proporcionalmente cuenta con más presos políticos en el mundo: alrededor de 100.000. Uno de cada 50 adultos es soplón a sueldo. A ellos se les suman los Inminban, equivalentes a los otrora temibles CDR cubanos, los Comités de Defensa de la Revolución, grupos de entre 20 y 40 familias por localidad que vigilan y se vigilan unas a otras. Todos pertenecen al partido, la liga juvenil, la liga de las mujeres o al sindicato. La disidencia simplemente no es concebible: al ser acusado del delito de traición –o de cualquiera de los innúmeros cargos prêt-à–porter delineados para asfixiar cualquier tipo de oposición–, el reo y toda su familia son encerrados por años en los inclementes campos de prisioneros.

Organizaciones como la Alianza de Ciudadanos para los Derechos Humanos en Corea del Norte, han denunciado entre otras prácticas, la esclavitud infantil como fenómeno corriente en esa nación. El fotógrafo francés, Eric Lafforgue, pudo ingresar, quedarse varios meses y fotografiar la realidad de ese país antes de ser expulsado, en un trabajo divulgado a posterioripor el Daily Mail. El Informe de la Comisión de Investigación sobre Derechos Humanos en la República Popular Democrática de Corea, elaborado por las Naciones Unidas, reporta violaciones de la libertad de pensamiento, expresión y religión, discriminación, violaciones de la libertad de circulación y residencia, al derecho a la alimentación, el derecho a la vida, detenciones arbitrarias, torturas, ejecuciones y campos de prisioneros, así como secuestros y desapariciones de personas de otros países, junto a diversos crímenes de lesa humanidad.

Padre, hijo y espíritu santo

Kim Il-sung (El Gran Líder o Presidente Eterno), fue el fundador de la dinastía de los tres reyezuelos rojos, junto a su hijo Kim Jong-il (Amado Líder o Gran Dirigente), y su nieto Kim Jong-un (Brillante Camarada), actual mandatario. Se han contado 34.000 estatuas del primero a lo largo de la geografía de la república socialista. La Asamblea Suprema del Pueblo lo designó presidente “por toda la eternidad” cuatro años después de su fallecimiento, y su cadáver embalsamado se exhibe en el Palacio del Sol de Kumsusan, Pyongyang (ciudad de los sauces), la capital de la nación.

Joseph Goebbels califica apenas como un afligido pasante, al lado del Departamento de Propaganda y Agitación del Partido del Trabajo de Corea del Norte y su línea de culto a la personalidad de la dinastía. “Si tú no existes, nosotros tampoco existimos”, dice la letra de una oda que se entona fervorosamente en reverencia al líder en los desfiles militares. En apego a la bizarra historia oficial, el abuelo Kim Il-sung escribió 18.000 libros (según los cálculos, uno al día durante 49 años), y sus lomos pueden verificarse en el Gran Estudio del Pueblo de Pyongyang. Por su parte, su hijo, Kim Jong-il, segundo de la estirpe y quien gobernara por diecisiete años hasta su muerte por cáncer de páncreas en 2011, los leyó todos, y es vox populi que redactó otros 1.500, mientras componía las seis mejores óperas de la historia de la humanidad.

Nadie con dos dedos de frente puede dar fe de la escritura de las 18.000 obras. Lo que sí está confirmado son los impagos del abuelo magnífico. En 1976 un diario sueco dio a conocer una lista con las deudas del gobernante en Europa, donde destacaba la compra de 2000 relojes Rolex con el marbete: “Donado por Kim Il-sung” y cuyo valor superaba entonces los 5 millones de euros. En la lista destacaba también la adquisición de 1000 vehículos Volvo modelo 144, algunos de los cuales, cuarenta años después, todavía persisten como taxis en las amplias y desoladas avenidas de Pyongyang.

Según el formidable aparato propagandístico del país de la Idea Juche*, pintoresca mezcla de marxismo-leninismo con arrogancias endógenas de la dictadura norcoreana, los Kim son una suerte de divinidades comunistas: el arribo al planeta de Kim Jong-il fue anunciado en el cielo con un arcoíris doble y la irrupción de una nueva estrella, mientras su alumbramiento habría tenido lugar en el sacro Monte Baedku, un volcán dormido en la frontera con China donde, según la tradición, bajó a la Tierra el “Hijo del Dios del cielo” para establecer el primer reino de Corea.

La especie sólo ha podido ser emulada por el decreto de la Administración Estatal para Asuntos Religiosos de la República Popular China, el cual prohibió terminantemente la reencarnación a los lamas del Tibet a partir del 1 de septiembre de 2007, en el entendido de que, con el fallecimiento del actual Dalai lama, Tenzin Gyatso, desaparecerían muchos de los problemas que afrontan los invasores en el país que ocupan desde 1950.

Contrariamente a lo que rezan las sagradas escrituras norcoreanas, la ex Unión Soviética registra el nacimiento de Kim Jong-il en Vyatsoke, un pequeño pueblo de Siberia, un año después de la llegada de su padre a éste, luego de haber huido, tras la derrota de su grupo guerrillero por parte de los japoneses en 1940. Sin embargo, reza la conseja oficial que él y su valiente puñado de guerreros expulsaron solos a los japoneses de su territorio. No dicen que dos bombardeos nucleares, ordenados por Harry S. Truman y que segaron la vida a más de 220.000 personas, obligaron al Japón a la rendición incondicional ante los Aliados. El pueblo norcoreano está convencido de que su cumpleaños, denominado Día de la Estrella Brillante, se celebra en todos los países del mundo con la misma intensidad que lo hace en casa el Estado-Partido. Por estrafalario que parezca, solía divulgarse que la predestinación del gobernante era tal, que aprendió a hablar a las seis semanas de vida y jamás defecó.

Todo es hiperbólico en el discurso de esta nación que se vende como una arcadia socialista. Un texto propagandístico de ingeniería local afirma que sus aventajados líderes desarrollaron un sistema que permite construir casas en 4 minutos y 54 segundos, y que en un día se levantan apartamentos para 200 familias. Su fastuoso parlamento, de 700 diputados, es una joya arquitectónica digna de reyes. Solo que se reúne una vez al año. Las bellas artes existen para cantar los dones de los Kim. No hay pensadores, solo propagandistas. Y en lugar de poetas, se promueven los corifeos que han bendecido durante 60 años la huella de sus amos por el país más aislado de La Tierra.

Poco margen dejaron el abuelo y su padre a Kim Jong-un, quien debió mostrar la casta para consolidarse como jefe de estado, sacudiendo las bases de su sociedad y llamando la atención de la OTAN. Al tomar las riendas del poder absoluto, amenazó con ataques nucleares a Estados Unidos y Corea del Sur, a la vez que iniciaba una purga, ejecutando a Jang Song-thaek, su tío político y mano derecha de su padre, acusándolo de traición: “Nuestro partido tomó con resolución medidas para limpiar (…) la basura que había en su seno”, declaró.

Kim Jong-un, tercer hijo de Kim Jong-il, asume el cargo luego de que el primogénito, Kim Jong-nam, quien vive en China entre Beijing y Macao, fue descartado tras ser pillado intentando entrar a Japón con pasaporte falso para visitar Disneylandia. El segundo, Kim Jong-chul, fue considerado “afeminado” por su padre, lo que lo inhabilitó para liderar el país. Y la receta se repite: en abril del 2015, el régimen volvió a insistir en que el tercero de la dinastía ya sabía conducir a los tres años de edad.

El lenguaje altanero e histriónico del dictador habla más de su necesidad de mostrar mano dura al interior del reino, que de constituir una auténtica amenaza militar para nadie en Occidente. Pese a que a su llegada al poder ordenó una prueba nuclear desoyendo las disposiciones y advertencias de Naciones Unidas, la mayoría de los analistas sostiene que si bien Corea del Norte tiene un inmenso parque de armamento convencional (su ejército consta de 1.106.000 cuadros armados y un presupuesto de 5 mil millones de dólares), está muy lejos de desarrollar tecnología que le permita colocar una ojiva nuclear en un misil.

En 2014 amenazó varias veces con declarar la guerra tanto a Estados Unidos como a Inglaterra. No obstante, es delicada la piel del joven autócrata. Se sabe que hace buenas migas con el baloncesto, pero no con la ficción. En 2013 invitó a pasar siete días en su isla privada a Dennis Rodman, ex jugador de la NBA, pero una simple película, The interview, lo sacó de sus casillas. Protagonizada por James Franco y Seth Rogen, el film narra la historia de un productor y un presentador de TV que logran una entrevista con Kim Jong-un y aceptan asesinarlo por solicitud de la CIA. El film fue considerado por Pyongyang como “un acto de guerra que jamás será tolerado”. Después de todo y por mostrenco que parezca, siempre fue sacrílego tratar a un dios como a un tonto.

Yeonmi Park: muerte o dignidad

Yeonmi Park es una refugiada de 22 años de edad que logró escapar de Corea del Norte. La joven relató en la cumbre One Young World 2014 en Dublín, la cruel realidad de la vida en su país de origen. A los 9 años de edad vio cómo ejecutaban a la madre de una amiga en público acusada de ver películas occidentales. Relata que su pueblo vive en terror constante dadas las brutales consecuencias que se afrontan si se incumple algún mandato. “Dudar de la grandeza del régimen puede hacer que tres generaciones de una misma familia vayan a prisión o sean ejecutadas”, refiere. De niña le enseñaron a susurrar “para que ni los ratones ni las aves pudieran escucharla”. La pequeña creía que el dictador leía su mente.

Los padres de Yeonmi reunieron y contrataron a un grupo de contrabandistas chinos para que los hicieran cruzar la frontera a China. Al final del camino, uno de los miembros de la banda amenazó con entregarlas a las autoridades norcoreanas, a menos que Yeonmi, que entonces tenía 13 años, tuviera sexo con él. Su madre le imploró que la dejara tranquila, ofreciéndose ella a cambio. “No tuvo opción”, sentenció la joven. “Justo frente a mis ojos, mi madre fue violada”.

En China su vida fue no menos miserable. Sin luz eléctrica, tenían que recolectar agua de un grifo que goteaba. Su padre murió y debieron enterrarlo en secreto a las 3 a.m. para evitar que el grupo de prófugos fuese descubierto y entregado por el gobierno chino a las autoridades norcoreanas. Ella tenía 14 años. “No podía llorar. Temía que me enviaran de vuelta a Corea del Norte”, afirmó Yeonmi. “Los refugiados de mi país, unos 300.000 en China, son vulnerables. El 70% de las mujeres y niñas refugiadas son victimizadas. A veces son vendidas por 200 dólares”.

En febrero de 2009, Yeonmi y su madre viajaron a pie a través del desierto de Gobi, buscando la frontera con Mongolia para alcanzar la libertad. Ahí podrían solicitar ayudar en la embajada de Corea del Sur. Mientras caminaba por el desierto, confiesa la joven, sintió miedo a morir. “En ese momento pensé que a nadie en el mundo le importaba que esto sucediera y que sólo las estrellas podían verme”.

Al llegar a la frontera de Mongolia, los guardias fronterizos las avistaron. Debieron rogar por sus vidas explicando que si no les permitían entrar, serían deportadas a Corea del Norte. Desoídos sus argumentos, tomaron sus cuchillos y los llevaron a sus gargantas. Amenazaron con suicidarse. No habría marcha atrás. “Pensé que ese sería el fin de mi vida. Mi madre y yo nos dijimos adiós”.

Pero la acción surtió efecto. Primero las mantuvieron bajo custodia y 15 días después fueron trasladadas a un centro de reclusión en Ulán Bator. Semanas más tarde volaban a Seúl.

Ahora Yeonmi dedica su vida a divulgar esta realidad. Intenta sensibilizar a la mayor cantidad posible de personas en el mundo, en procura de cambios para su país. Actualmente estudia Relaciones Internacionales.

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