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Portal Informativo Venezolano

Esos mexicanos son unos bandidos”, dijo Gómez; por Elías Pino Iturrieta  28 de agosto, 2017

Publicado en 28 Agosto 2017 por La Hemeroteca De Luis Rondon.over-blog.com

 

 

Las discrepancias entre México y Venezuela no han sido frecuentes, pero tienen un origen digno de atención que se debe recordar cuando en nuestros días suceden de nuevo.

Si se miran sin prisas, verán cómo responden a la reacción de un poder de origen popular y de orientación democrática frente a los intereses de una cruel dictadura.

En 1920, cuando se celebraba el Día de la Raza, el célebre rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Vasconcelos, pronunció un discurso virulento contra Juan Vicente Gómez. Acusó al tirano de mantener a su pueblo en el atraso y clamó por su salida del gobierno.

Si han caído las tiranías de Carranza en México y de Estrada Cabrera en Guatemala, es una vergüenza que siga Gómez mandando en Venezuela, afirmó Vasconcelos: “Es el último de los tiranos de América Latina, el más repugnante y el más despreciable de todos los déspotas que ha producido nuestra infortunada estirpe”.

El gobierno venezolano reclamó de inmediato y recibió explicaciones de la cancillería mexicana, cuyo titular aseguró que las opiniones de Vasconcelos eran personales y, por lo tanto, no significaban una posición oficial. Vasconcelos renunció entonces a su rectorado, para que el gobierno, instado con urgencia por el propio presidente de la República, general Álvaro Obregón, le suplicara que se mantuviera en el cargo.

El jefe del Estado manifestó al famoso pensador que su gobierno ahora solo mantenía las “apariencias protocolarias”, argumento que superó el aprieto que podía surgir en la casa de estudios por el abandono de su titular.

Tras las “apariencias protocolarias” estaba la hospitalidad que el gobierno mexicano había dado en la víspera a los exiliados venezolanos, quienes contaron con la simpatía de una figura fundamental del tiempo posrevolucionario y jefe de gran autoridad: el general Plutarco Elías Calles. De allí que se fundara en la ciudad de México el Partido Revolucionario Venezolano, sin que los sabuesos interfirieran su trabajo.

Lo dirigían unos jóvenes que serían cabezas destacadas del movimiento comunista después de la muerte de Gómez: Salvador de La Plaza, Gustavo Machado, Eduardo Machado, Ricardo Martínez, J.A. Silva Márquez y Julio Martínez. No se cansaron de hablar de cómo los hermanos mexicanos habían sido generosos y benevolentes.

La distancia provocada por las declaraciones de Vasconcelos condujo a un incidente poco conocido, que ocurrió en septiembre de 1923. El gobierno venezolano impidió el desembarco de los miembros de la Compañía Mexicana de Revistas Sánchez-Wimer, que tenía una gira de presentaciones.

 

El consulado buscó informaciones sobre la prohibición para que las autoridades señalaran que el país estaba de luto por la muerte del general Juan Crisóstomo Gómez, hermano del dictador y vicepresidente de la República.

Las cosas no estaban para teatros y jolgorios, fue la contestación, pese a que la vida continuaba en paz y los aficionados llenaban el circo en el inicio de la temporada taurina. Las aguas no se salieron de cauce, como ocurrió inmediatamente después.

En una reunión de la Junta Directiva de la Unión Panamericana, Pedro Manuel Arcaya encendió otra vez la llama de la discordia. Como embajador de Venezuela en Washington, se opuso a que la próxima reunión de los representantes interamericanos se celebrara en la ciudad de México.

 

Veamos lo que dijo Arcaya: “El próximo congreso no debe reunirse en la capital mexicana porque ella es un refugio de criminales; las escuelas mexicanas son focos de rebelión y salvajismo. México carece de personalidad porque es un país de libertinos”. No ahorró ataques contra Vasconcelos, a quien presentó como un “archiconspirador” que incitaba a la administración de Obregón para ataques armados contra la pacífica Venezuela. La prensa mexicana hizo un escándalo de las declaraciones de Arcaya, y llegó a reproducir unas expresiones de Gómez, excepcionales si sabemos cómo era poco dado a expresarse ante el público.

Según los diarios, el Bagre había dicho lo siguiente:

“Esos mexicanos son unos bandidos y no me quieren porque soy un hombre de orden, pero me es indiferente. Yo me sacrifico por mi patria, porque sin mí Venezuela sería un México”.

El 1 de septiembre de 1924, el general Obregón informó al Congreso que su gobierno había clausurado los consulados en Venezuela, noticia que fue recibida con sonora ovación. Pero la crisis tuvo un desenlace sorprendente, si consideramos los hechos que lo produjeron.

En octubre de 1931 ocurrió un desembarco armado en costas venezolanas, llevado a cabo por figuras de nuestro exilio y por soldados de México, promovida por el general michoacano Francisco Múgica.

Después de dominar a los invasores, el gobierno de Gómez trató con mano suave a los expedicionarios de origen extranjero.

Les encerró en cárcel benigna y ordenó su repatriación, con el objeto de tender un puente de reconciliación en cuya hechura participó el gobierno de Brasil.

El canciller mexicano Genaro Estrada fue promovido a otro destino porque se oponía al avenimiento, para que su substituto, José Manuel Puig, allanara el camino de la concordia.

El historiador José Gil Fortoul fue enviando desde Caracas como nuevo embajador, para que gestionara paces duraderas.

Estuvo diez meses en su cargo, suavizando asperezas.

Los enconos de hoy no se relacionan con la acritud de ayer, pero convenía recordarlos. También se debe tener presente que después José Vasconcelos fue candidato presidencial sin fortuna y exiliado por los revolucionarios en el poder, quienes no tuvieron más remedio que permitir más tarde el retorno de su lúcida compañía.

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