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Raiza Ruiz “Mi papá decía que era mi hora pero no morí por terca”

Publicado en 2 Mayo 2017 por La Hemeroteca De Luis Rondon.over-blog.com

 

Soy Raiza Ruiz. Tengo 62 años y nací en la parroquia La Candelaria de Caracas. Después de graduarme como médico cirujano en la Escuela Luis Razetti de la Universidad Central de Venezuela (UCV) hice un postgrado en Pediatría. Luego viajé a Brasil donde hice una maestría en Medicina Tropical, y un doctorado en la misma especialidad, así como en Infectología.

Cuando tenía 26 años fui a la ciudad de Maroa, en el estado Amazonas, para hacer mi servicio rural. No tenía ni 15 días allí cuando tuve un accidente en un avión.

Los médicos rurales que estábamos allí habíamos acordado vernos el 31 de agosto de 1981 en Puerto Ayacucho, para reclamar las condiciones de trabajo: no teníamos medicamentos ni insumos. Ese día el avión no pudo salir porque había mal tiempo. Lo hicimos un día después.

Era una avioneta donde cabíamos como seis personas. Era conducida por “Cigarrón”, un señor muy querido por todo el mundo. Pensábamos ir desde Maroa a San Carlos de Río Negro para buscar a José, otro médico, y de allí devolvernos a Puerto Ayacucho. Salimos como a las 9:00 de la mañana pero no pudimos llegar a San Carlos porque a mitad de camino se cayó la nave.

 

No recuerdo mucho los sonidos. Hubo un choque con las ramas de los árboles y de allí una explosión pero fue una explosión silenciosa. Íbamos cuatro: un joven recién graduado de policía, un señor colombiano que era juez de gallo, el piloto y yo.

No veía que nadie gritara o se moviera. El avión se quemó con nosotros adentro, pero como yo era tan chiquitica y flaquita logré salir. De inmediato lo hizo el piloto. El muchacho policía no lo logró, sino hasta el último momento que lo logramos sacar. Nunca antes había visto morir a una persona delante de mí. Eso fue horrible.

El señor colombiano se quejaba de dolores. Estaba desesperado. Le vi una fractura de tobillo y costillas. En mí no vi mayor cosa, solo quemaduras de segundo grado. No tenía fracturas y eso era suficiente. Después supe que tenía un tremendo hueco en el cuello.

A mí se me metió en la cabeza que estábamos en Colombia. Entonces, teníamos que ir hacia el Este, hacia donde estaba el Río Negro. Ciertamente estábamos allí pero lejísimos. Al principio tuve mucho miedo por la situación de la frontera. Después pedía que se apareciera alguien, así fuera un guerrillero. Nunca he sido aventurera. Iba entaconada, con cartera, y uñas pintadas. De eso no quedó nada. Pasé siete días caminando descalza por la selva.

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El juez de gallo nos dijo a mitad de camino que él no podía seguir. Estaba fracturado. Así que lo dejamos al lado de un río chiquitico y seguimos buscando ayuda. Hallamos como una especie de manglar. Pero imagínate el delta de un río, que se va haciendo grande, grande, grande, y solo puedes ver las copas de los árboles. Caminé sobre cosas horribles y solo veía árboles y agua. Así pasé la primera noche aterradora.

Finalmente salimos de allí, conseguimos tierrita, y gracias a Dios nunca más volvimos a ese lugar. Después llegamos a un sitio que tenía como un puentecito de árboles caídos. No comíamos nada. Solo tomábamos agua llena de larvas.

Estaba enfurecida. Creo que si Dios me salvó fue porque estaba obstinado de mí y dijo: “Vamos a dejarla allá porque acá no me la calo”. Es que me parecía terriblemente injusto estar sometida a esa situación. Yo era muy chiquita y no tenía ni tamaño ni edad para tener tantos pecados. Lloraba, gritaba, hacia cualquier cosa, pero nunca estuve callada.

Al día siguiente salimos de allí pero volvimos al mismo sitio. Al tercer día sentimos unos aviones. Entonces decidimos separarnos para hacerles señas, pero al rato dejé de escuchar a Cigarrón. Corrí rapidísimo hacia donde estaba él y se había muerto. Estaba rodeado de mariposas amarillas. Creo que de tantas caídas que sufrimos durante la caminata, alguna costilla le perforó su pulmón. Se murió y me dejó solita.

 

Pasaron muchos aviones pero ninguno nos logró ver. Yo me despedí de Cigarrón con una oración que me salió del corazón y luego seguí mi camino, con tan mala suerte que llegué al mismo sitio y tuve que dormir con el cadáver de mi amigo allí. Un espanto.

Luego decidí no buscar más el camino del río y agarré hacia otro lado. Hubo un día que un avión militar pasó muy bajito. Fue algo insólito, no quería que me vieran. Tuve miedo y me escondí. Tiempo después supe que un avión militar llevaba mis supuestos restos y el de los demás.

Supe que mi final se acercaba: tenía insuficiencia renal, ya no orinaba, había tenido fiebre y ahora estaba fría. Mis piernas estaban cansadas, no podía mantenerme de pie. No respiraba bien. Confundía la realidad con los sueños, y llegó un momento en que no me quise levantar más. Fue allí cuando me encontraron unos indígenas. Se quedaron conmigo, me orientaron, me rezaron y me curaron las heridas con humo y plantas. Tenían gusanos.

Me contaron que habían participado de mi primer rescate y sabían que había gente viva porque escuchaban gritos en las noches. Yo dejaba señales. Hicieron caso de eso y siguieron buscando. La noche anterior unos niños me habían visto y les avisaron.

Construyeron un catumare, que es una cesta para cargar cosas pesadas, y luego me llevaron a un río donde me montaron en un barco chiquitico. Desde la orilla vi que el río se veía gris, de lo lejos que estaba. Era Colombia adentro. Pasó una lancha oficial y se ofreció a llevarme, pero ellos no aceptaron. Menos mal.

En San Carlos tuve que darles instrucciones a un dentista y a un enfermero que me atendieron. Les expliqué que necesitaba terapia intensiva, y que había que pedir una avioneta. En la noche, bajo una tormenta horrible, llegó un piloto que había estado en Vietnam. Así fue como inauguraron conmigo las aeroambulancias infantiles. Después no supe más nada de mí. Escuchaba los truenos y decía: “ya me salvé de la primera, no sé si esta vez lo logre”.

 

Me encontraron el domingo en la mañana y ya en la madrugada del lunes estaba en Caracas. Tuve que entrar a pabellón por lo menos tres veces para las curas y el tratamiento de las quemaduras. Estuve casi un mes hospitalizada y como seis de reposo. Después regresé a Maroa. Me dije que mi vida no se dividiría en un antes y un después del accidente.

Estoy enterrada en el Cementerio del Este. Aparentemente los grupos de rescate querían terminar rápido la búsqueda y agarraron lo primero que encontraron. Se lo entregaron a mi familia y le dijeron que no lo podían abrir por una supuesta regla de sanidad. Mi familia enterró esos restos, aunque mis primos decían que era raro que esa urna pesara tanto. La habían llenado de piedras. Un engaño total.

Sucede que, casualmente, unas personas de Maroa me habían pedido que llevara una carne de cacería a sus familiares en Puerto Ayacucho y yo la tomé. En realidad no era lapa, era venado o picure.

Cuando yo aparecí mi familia preguntó qué fue lo que enterraron. Pero las autoridades terminaron por culparme a mí. ¡Los gobiernos locos no son de ahora, han estado siempre! Dijeron que yo debía haberme quedado en Maroa a prestar atención médica, y que sí las personas fallecieron fue por mi responsabilidad.

Aprendí que en este país la justicia, la salud y la vida no son iguales para todos; y que hay que ser bien terco para defender tus derechos. Mi papá decía que esa era mi hora de morir pero no pasó porque yo era terca. Jamás pensé que iba a tener ese espíritu y esa fuerza física para soportar aquello. Creo que todos la tenemos pero ojalá nadie tenga que pasar por esa situación para darse cuenta de ello. No creo que yo sea un ejemplo para nadie. Pienso que todos tenemos ese poder. Desgraciadamente lo desarrollamos bajo situaciones de estrés.

A veces termino de cerrar mi consulta llorando porque me toca atender a niños que comen de la basura y están llenos de parásitos. Esto no puede seguir. Tenemos que luchar por nuestras cosas. Ser fuertes y, aunque no tengamos ganas y no veamos claro el camino, seguir avanzando. De alguna manera saldrá la luz, en algún momento.

 

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