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La Verdad ha muerto. viva la posberdad. Wolgfang Gil...2/2

Publicado en 9 Marzo 2017 por La Hemeroteca De Luis Rondon.over-blog.com

“En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible. Cosas como la continuación del dominio británico en la India, las purgas y deportaciones rusas, el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón, se pueden efectivamente defender, pero sólo con argumentos que son demasiado brutales para que la mayoría de las personas puedan enfrentarse a ellas y que son incompatibles con los fines que profesan los partidos políticos. Por tanto, el lenguaje político debe consistir principalmente de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. (…) El estilo inflado es en sí mismo un tipo de eufemismo. Una masa de palabras latinas cae sobre los hechos como nieve blanda, difumina los contornos y sepulta todos los detalles. El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse”

¿Dos tipos de posverdad?

Frente a esta crítica de Orwell, podemos llegar a plantearnos vivir sin hipocresía en el terreno de la política ¿Es esto posible? Según David Runciman, no lo es. Para este pensador, la pregunta más honesta es: ¿Qué clase de hipócrita deben elegir los votantes como su próximo líder? La interrogante parece cínica. Runciman alega que en realidad es mucho más cínico pretender que la política puede ser completamente sincera.

La forma más peligrosa de hipocresía política consiste en afirmar que hay política sin hipocresía. La hipocresía política (Political Hypocrisy) de Runciman es un libro agudo y revelador, sobre los problemas de la sinceridad y la verdad en esta actividad humana, y cómo podemos lidiar con ellos sin caer nosotros mismos en contradicción. Runciman aborda los problemas a través de lecciones extraídas de algunos de los grandes narradores de la verdad en el pensamiento político moderno: Hobbes, Mandeville, Jefferson, Bentham, Sidgwick y Orwell, y aplica sus ideas a diferentes tipos de hipócritas desde Oliver Cromwell hasta Hillary Clinton.

Runciman argumenta que debemos aceptar la hipocresía como un hecho de la política, pero sin abrazarla. Quitarnos de la cabeza la obsesión de buscar a los políticos idealmente auténticos. En su lugar, debemos distinguir entre hipocresías inocuas y dañinas.

La posverdad tiránica

La posverdad más dañina es la que está al servicio de la tiranía. El filólogo Víctor Klemperer nos explica que el nazismo sustentó su ideología en la resignificación de las palabras. Popularizó términos como “expedición de castigo”, “ceremonia de Estado”, “sistema”, “orgánico”, “vuelco”, “fanático”, “cosmovisión”, “coordinar”, “sincronizar”, y “uniformar”. La tergiversación de sus sentidos originarios implicaba un determinado sistema de valores donde lo individual debía siempre someterse a lo colectivo. En este caso se identificaba con los conceptos de Pueblo y Estado, considerados la única colectividad legítima.

“¿Cuál era el medio de propaganda más potente del hitlerismo? (…) no lo conseguían ni los discursos, ni las octavillas, ni los artículos, ni los carteles, ni las banderas, no lo conseguía nada que se captase mediante el pensamiento o el sentimiento concientes. El nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente (…) Las palabras pueden actuar como dosis mínimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico” Víctor Klemperer, LTI, la lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Minúscula, Barcelona, 2007, 414 pp., p.26.

El autor también nos explica que el nazismo sufría de una especie de infantilismo que lo impulsaba a concebir sus logros en términos superlativos. De partida, el Tercer Reich debía ser el imperio más grande y poderoso de todos los tiempos. Los productos salidos de sus fábricas debían ser “los más modernos”, “los más eficientes”, “los más poderosos” del mundo.

Klemperer analiza descarnadamente la “maldición del superlativo” que impuso el Tercer Reich en proporciones desmesuradas. Las exageraciones proliferaban descaradamente en la propaganda. Esas palabras infladas impregnaron el discurso cotidiano de las masas. Detrás de esta forma de lenguaje estaba lo que puede considerarse como la raíz específicamente alemana del nazismo: la supresión de los límites, la desmesura delirante que remonta a la esencia del romanticismo y su intento de asir lo ilimitado. Klemperer afirma precisamente que “la raíz alemana del nazismo se llama romanticismo”.

El desafío cultural

La cultura política se ha desquiciado. Una cultura sana exige no estar sometido ni a la mentira ni a su eufemística hermana, la posverdad. El gran desafío de los ciudadanos y los educadores es devolver la sensatez y la cordura a la cultura.

Según Platón, cuando el alma del individuo o de la sociedad se desequilibra, tiene lugar la injusticia. En Republica IX (588b-590a), el pensador griego nos brinda una iluminadora alegoría antropológica. La injusticia se presenta cuando el alma inferior, la apetitiva, representada por un monstruo de muchas cabezas, es alimentada con retórica política manipuladora. Platón representa la razón como un ser humano; el alma pasional como un león y la apetitiva como un monstruo. El demagogo seduce a la parte inferior (el monstruo) con halagos y palabras complacientes; vale decir, con posverdad.

El individuo que alaba la injusticia está favoreciendo la esclavitud de la mejor parte, el hombre, ante la peor: la bestia. Al contrario, favorecer la justicia es hacer más fuerte a la mejor parte haciendo al león su aliado y preocupándose de mantener a todos en concordia.

En definitiva, el gran desafío es hacer que cada quien sea el capitán de su alma, como reza el poema Invictus de William Ernest Henley (1849-1903), que tanto inspiró a Mandela. Quizá así podamos hacernos inmunes al poder tóxico de la posverdad.

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